Mi abuelo paterno era joyero, tuvo 19 hijos, de los cuales solo dos continuaron el oficio. Mi padre fue uno de ellos. Él me enseñó de este arte lo que aprendió de su padre y lo que aprendió de sí mismo. No todo, muy poco, nos faltó tiempo; aún así, al sentarme a la mesa resuenan en mi corazón cada una de sus palabras, recuerdo  el movimiento de sus manos, de su cuerpo, de cómo él hablaba con la tierra y con el fuego y soy consciente ahora de cómo, sin saberlo, me regalaba mi propia historia. Aprendí el oficio de mi padre y de un montón de cursos que he realizado a lo largo de los últimos 25 años. Cursos que he hecho en la Ciudad de México, en San Diego CA  y en Barcelona. 

Mis piezas están hechas totalmente a mano con las técnicas tradicionales de joyería. Realizo todo el proceso desde la idea y dibujo, la aleación y fundición del metal hasta el acabado final de la pieza. Amo crear nuevas formas, nuevos diseños, cada pieza nueva es para mí un juego, un estado de goce, de concentración y de creación infinita. A veces repito piezas, hay días que vuelvo a los diseños antiguos y vuelven a cobrar vida pero por mucho que quiera hacerlos igual, no salen exactamente igual, algo cambia, el tamaño, una curva, una línea del grabado, la piedra, el acabado.

Me gusta el concepto de pieza única, de la unicidad de la joya. Una pieza única implica que no hay otra igual en existencia; como las hojas de un árbol, en donde no hay dos iguales, convirtiéndolas en objetos exclusivos y especiales. Joyas únicas que encontrarán un portador que aprecie la belleza y la artesanía hecha a mano y que la lleve para reflejar su individualidad, singular e irrepetible como la de ellas.